CAPÍTULO 32
Del juicio final

1. Dios ha determinado un día en el cual juzgará al mundo con justicia por medio de Jesucristo, a quien el Padre ha otorgado todo poder y juicio; en aquel día, no solo serán juzgados los ángeles que apostataron, sino que también todas las personas que han vivido sobre la tierra comparecerán ante el tribunal de Cristo y darán cuenta de sus pensamientos, palabras y obras, y recibirán conforme a todo lo que hayan hecho en el cuerpo, sea bueno o sea malo.

2. El propósito por el cual Dios ha determinado este día es la manifestación de la gloria de Su misericordia, en la salvación eterna de los elegidos; y la manifestación de Su justicia, en la condenación eterna de los réprobos, los cuales son impíos y desobedientes. En aquel entonces irán los justos a la vida eterna, y recibirán plenitud de gozo y gloria con recompensa eterna en la presencia del Señor; pero los impíos, que no conocen a Dios, ni obedecen al evangelio de Jesucristo, serán arrojados a los tormentos eternos y castigados con destrucción eterna, apartados de la presencia del Señor y de la gloria de Su poder.

3. Así como Cristo quiere que estemos ciertamente persuadidos de que habrá un día de juicio, tanto para disuadir a todos los hombres del pecado, como para una mayor consolación de los piadosos en sus adversidades, del mismo modo también ha querido que el día permanezca desconocido a los hombres, para que se despojen de toda seguridad carnal y se mantengan velando, porque no conocen a qué hora llegará el Señor, y estén así siempre preparados para decir: Ven, Señor Jesús; ven pronto. Amén.