CAPÍTULO 31
Del estado del hombre después de la muerte y de la resurrección de los muertos

1. Los cuerpos de los hombres después de la muerte vuelven al polvo y ven corrupción; pero sus almas, las cuales no mueren ni duermen, como tienen una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente a Dios que las dio. Las almas de los justos, habiendo sido perfeccionadas en santidad, son recibidas en el paraíso, donde están con Cristo y contemplan el rostro de Dios en luz y gloria, en espera de la completa redención de sus cuerpos; y las almas de los impíos son arrojadas al infierno, donde permanecen en tormento y densas tinieblas, reservadas para el juicio del gran día; aparte de estos dos lugares para las almas que han sido separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ningún otro.

2. Aquellos santos que se encuentren vivos en el día final no dormirán, sino que serán transformados; y todos los muertos serán levantados con sus mismos cuerpos, y no con otros distintos, aunque con cualidades diferentes, y serán unidos de nuevo a sus almas para siempre.

3. Los cuerpos de los injustos serán levantados para deshonra por el poder de Cristo; los cuerpos de los justos serán levantados para honra, por Su Espíritu, y serán hechos semejantes al cuerpo de la gloria Suya.