CAPÍTULO 17
De la perseverancia de los santos

1. Los que han sido aceptados por Dios en el Amado, llamados eficazmente y santificados por Su Espíritu, y a quienes se les ha dado la fe preciosa de Sus elegidos, no pueden caer de manera total ni definitiva del estado de gracia, sino que ciertamente perseverarán hasta el fin y serán eternamente salvos, y dado que los dones y los llamamientos de Dios son irrevocables, Él engendra y sostiene en ellos fe, arrepentimiento, amor, gozo, esperanza y todas las gracias del Espíritu hasta la inmortalidad; y aunque surjan y les azoten muchas tormentas e inundaciones, con todo, estas nunca podrán quitarles de aquel cimiento y roca a la que están sujetos por la fe. A pesar de esto, a causa de la incredulidad y de las tentaciones de Satanás, la sensible visión de la luz y el amor de Dios puede quedar nublada y oscurecida para ellos durante un tiempo; pero Dios sigue siendo el mismo, y ellos serán ciertamente guardados por el poder de Dios para salvación, en la cual gozarán de la posesión adquirida, pues están esculpidos en la palma de Sus manos, y sus nombres escritos en el libro de la vida desde toda la eternidad.

2. Esta perseverancia de los santos no depende de su propio libre albedrío, sino de la inmutabilidad del decreto de la elección, y fluye del libre e inalterable amor de Dios el Padre; depende de la eficacia del mérito y de las intercesiones de Jesucristo y de su unión con Él, del juramento de Dios, de la morada de Su Espíritu, de la simiente de Dios que está en ellos y de la naturaleza del pacto de gracia. De todo esto es que surge además la certeza e infalibilidad de la perseverancia.

3. Y aunque los santos pueden, a causa de las tentaciones de Satanás y del mundo, el predominio de la corrupción que permanece en ellos y el descuido de los medios designados para su preservación, caer en pecados graves, y por un tiempo continuar en ellos (incurriendo así en el desagrado de Dios, en la contrición de Su Espíritu Santo, y haciendo que sus gracias y consuelos se vean reducidos, sus corazones endurecidos, sus conciencias heridas, hiriendo y siendo de tropiezo a otros, y acarreando sobre ellos mismos juicios temporales), sin embargo, renovarán su arrepentimiento y serán preservados hasta el fin mediante la fe en Cristo Jesús.