CAPÍTULO 23
De los juramentos y votos lícitos

1. Un juramento legítimo es un elemento de la adoración religiosa en el que una persona que jura con verdad, justicia y juicio invoca solemnemente a Dios para que sea testigo de aquello por lo cual jura, y para que le juzgue conforme a la verdad o falsedad del juramento.

2. Los hombres deben jurar solamente por el nombre de Dios y, al hacerlo, que sea únicamente con el mayor temor santo y reverencia. Por tanto, hacer un juramento vacío o irreflexivo por ese nombre glorioso y temible, o simplemente jurar por cualquier otra cosa, es pecaminoso y debe ser aborrecido. Sin embargo, en asuntos significativos y de peso, un juramento está autorizado por la Palabra de Dios para confirmar la verdad y terminar todo conflicto. De manera que debe hacerse un juramento legítimo cuando sea requerido por una autoridad legítima para tales asuntos.

3. Todo el que haga un juramento permitido por la Palabra de Dios debe considerar con la debida gravedad la seriedad de un acto tan solemne y no afirmar nada, sino solamente lo que sepa que es cierto. Porque el Señor es provocado por los juramentos apresurados, falsos y vacíos, y porque debido a ellos esta tierra llora de lamento.

4. Un juramento debe hacerse en el sentido llano y común de las palabras, sin equívocos ni reservas mentales.

5. Un voto, el cual no debe hacerse a ninguna criatura sino solo a Dios, debe ser hecho y cumplido con todo cuidado religioso y fidelidad; pero los votos monásticos papistas de una vida célibe perpetua, de pobreza expresa y de obediencia regular, están tan lejos de ser grados de una perfección superior, que no son más que trampas supersticiosas y pecaminosas en las que ningún cristiano debe enredarse.