CAPÍTULO 21
De la libertad cristiana y de la libertad de conciencia

1. La libertad que Cristo ha comprado para los creyentes bajo el evangelio consiste en su libertad de la culpa del pecado, de la ira condenatoria de Dios y de la severidad de la maldición de la ley, y también consiste en el ser librados de este presente siglo malo, de la esclavitud a Satanás, del dominio del pecado, del mal de las aflicciones, del temor y aguijón de la muerte, de la victoria del sepulcro y de la condenación eterna; además consiste en su libre acceso a Dios y su obediencia a Él, no por un temor de esclavitud, sino por un amor filial y una mente dispuesta. Todas estas libertades fueron también comunes en su esencia a los creyentes que estaban bajo la ley. Pero bajo el Nuevo Testamento, la libertad de los cristianos ha sido ampliada aún más, en su libertad del yugo de la ley ceremonial, a la cual estaba sujeta la iglesia judaica, y en una mayor confianza para entrar en el trono de la gracia, y en comunicaciones más plenas del libre Espíritu de Dios, que las que experimentaron los creyentes que estaban bajo la ley.

2. Solo Dios es Señor de la consciencia, y la ha dejado libre de doctrinas y mandamientos humanos que de algún modo sean contrarios a Su palabra o no estén contenidos en la misma. De manera que creer tales doctrinas u obedecer tales mandamientos por motivos de consciencia es traicionar la verdadera libertad de consciencia, y el requerir fe implícita o una obediencia absoluta y ciega destruye tanto la libertad de consciencia como la razón.

3. Aquellos que usan la libertad cristiana como una excusa para practicar cualquier pecado o alimentar cualquier deseo pecaminoso pervierten el objetivo principal de la gracia del evangelio para su propia destrucción, y destruyen completamente el propósito de la libertad cristiana. Este propósito es que nosotros, habiendo sido libertados de las manos de todos nuestros enemigos, podamos servir al Señor sin temor, en santidad y justicia delante de Él todos los días de nuestras vidas.