CAPÍTULO 20
Del evangelio y del alcance de su gracia

1. Debido a que el pacto de obras fue quebrantado por el pecado y es incapaz de conferir vida, agradó a Dios proclamar la promesa de Cristo, la simiente de la mujer, como el medio para llamar a los elegidos y engendrar fe y arrepentimiento en ellos. En esta promesa el evangelio fue revelado en su esencia y hecho eficaz para la conversión y salvación de los pecadores.

2. Esta promesa de Cristo, y de la salvación que es por medio de Él, es revelada únicamente por la Palabra de Dios. Las obras de creación y providencia, cuando solo están acompañadas por la luz de la naturaleza, no revelan a Cristo ni la gracia que viene de Él, ni siquiera de una manera general u oscura. Y mucho menos capacitados están para alcanzar la fe salvadora y el arrepentimiento aquellos hombres que están desprovistos de la revelación de Él mismo que es por medio de la promesa o del evangelio.

3. El evangelio ha sido revelado a los pecadores en diversas épocas y de diferentes maneras, junto con las promesas y preceptos que describen la obediencia requerida. Las naciones e individuos particulares a quienes se les concede esta revelación son escogidos solamente según la voluntad soberana y el beneplácito de Dios. Esta elección no depende de ninguna promesa hecha a aquellos que demuestran una buena mayordomía de sus habilidades naturales basada en una luz común recibida aparte del evangelio. Nunca nadie ha hecho esto ni lo puede hacer. Por tanto, en todas las edades la predicación del evangelio a los individuos y a las naciones ha sido concedida en una amplia variedad de grados de expansión y restricción, según el consejo de la voluntad de Dios.

4. Aunque el evangelio es el único medio externo para revelar a Cristo y la gracia salvadora, y es, como tal, abundantemente suficiente para ese propósito, sin embargo, para que los hombres nazcan de nuevo, sean traídos a la vida o regenerados, aquellos que están muertos en sus transgresiones deben también experimentar una obra eficaz e irresistible del Espíritu Santo en cada parte de sus almas para producir en ellos una nueva vida espiritual. Sin esto, ningún otro medio podrá efectuar su conversión a Dios.